El pragmatismo es un invento maravilloso. Coge el cuarto trastero de nuestra mente y lo vacía de elementos disonantes, tira a la basura esos "objetos" que son tan inmensos que hacen que no podamos ver otra cosa que no sean ellos, pone en cómodo orden nuestra vida y esconde en el cajón más oscuro esas cartas, esas fotos y todas esas palabras que podrían hacer de nuestro día algo triste -importante-. El pragmatismo nos ayuda a olvidar lo que verdaderamente nos duele y a suplir con elementos realmente comunes nuestras necesidades más profundas. Ya lo creo que es maravilloso: Nos hace todo lo humanos que podemos ser, es la espada que más corta cuando necesitamos cortarnos a nosotros mismos y es el escudo que mejor bloquea todo lo que nos pueda, por exceso de luz reveladora, cegar. ¿Quizá fuera mejor ir tirando ese pragmatismo? ¿Asomar un poco la cabecita a esa luz que tanto miedo nos da (esa luz que ya tenemos dentro, que ya nos ha enseñado lo que somos pero que no queremos aprehender) y dejar de cercenarnos una cabeza que nos pueda hacer pensar constantemente, que pueda ayudarnos a vivir como lo que realmente somos, tal vez?;
Pero... ¿Qué es eso? ¿De qué estamos compuestos? O mejor, dejando la metafísica de lado: ¿Qué nos define? ¿Humanidad? Pero yo últimamente estoy viendo esta palabra como algo rastrero y destructivo. Me muero de la risa cuando alguna virtuosísima institución caritativa nos mendiga "humanidad", cuando día tras día el ser humano demuestra que su naturaleza es tan noble como la del perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Pero eso es otro tema que no viene al caso, ya que pretendo profundizar en el individuo y no en la especie. Ya he intentado antes ilustrarlo un poco. Obviamente, ni yo ni nadie en este mundo le puede decir a cada uno qué es lo que es, porque de nuevo, esta es otra pregunta a cuya respuesta uno mismo ha de contestarse | pero, amigo, lo que sí puedo decirte es cuando tú mismo te dices lo que eres. Eso, oh dioses, ya creo que puedo hacerlo:
Hagamos un par de ejercicios de memoria, quizá nos resulten reveladores: Recuerda, ¿cual fueron las últimas situaciones por las que caíste rendido con lágrimas en los ojos? ¿Recuerdas cuándo fue la última vez que te sentiste no feliz, si no en paz con todo lo que te rodeaba? O quizá mejor que estar en paz: Que nada excepto una sola cosa tenía relevancia para ti. No pretendo llegar a unas conclusiones sentimentaloides, líbrame de eso porque cada uno, al fin y al cabo, saca sus propias conclusiones al respecto y desde luego yo no tengo la culpa de lo que unos y otros hayan vivido. Pero te haré más preguntas: Cuando después de una cena que se ha alargado, quizá en una celebración familiar o un festejo regional y habiendo bebido más de la cuenta, ¿en que has pensado cuando abrías la puerta de tu casa o deshacías la cama para meterte en ella? ¿Te viene ahora a la cabeza qué demonios asaltaba tu mente constantemente en ese último y pesadísimo viaje? Personalmente yo ya tengo las respuestas a estas preguntas, y me pasa algo curioso: Todas coinciden. Pero bueno, iré un poco más allá: Me olvidaré de las circunstancias eventuales y te preguntaré por lo cotidiano. ¿Sabes qué te digo cuando te hablo sobre esos segundos de tranquilidad que tienes dentro de la ducha, cuando ya has terminado pero te concedes un momento para disfrutar del agua caliente cayéndote encima? Entonces cualquier cosa te interrumpe... ¿Qué cosa es, que incluso dentro de ti te interrumpe? ¿En qué rayos piensas cuando estás preparando la comida, mientras troceas la cebolla? ¿Sabes de qué te hablo cuando mirando por la ventana te sorprendes al no ver nada? Mira, de nuevo te digo que yo no soy nadie para decirte que tal o cual cosa sobre tu vida es de una manera u otra, pero si te diré que si he aprendido algo es que nos parecemos entre todos mucho más de lo que yo, vanidoso empedernido, pretendería tan sólo imaginar. Acuérdate a qué te he evocado antes, a lo último y lo primero del día, y piensa que si lo último y lo primero del día por lógica está presente el resto de la jornada, de la semana, de toda nuestra maldita vida, es porque es importante. Quizá sea lo único importante para ti, y eres tú el que vive tu vida, con tus valores y tus prioridades. Yo nunca seré el que te diga que tiene que ser más importante para ti, eso te lo dices tú constantemente, pero -oh, sí, es cierto- qué inmensamente incómodo es*, y cuanto, cuanto y mil veces cuanto nos esforzamos para olvidarnos de ello con lo cotidiano que nos rodea.
*Porque pensar en lo que uno mismo se alimenta es incómodo.