La manada, la mayoría de nosotros, vivimos como nos place hacerlo. "Hoy pretendo tal, mañana cual. Esta cosa de aquí me molesta y esta otra me agrada." Conformamos nuestro día a día en base a nuestras apetencias y no en base a nuestros pareceres. "¿Qué es lo que yo creo importante? ¿Qué pienso yo que es prioritario no en mi vida, si no en la vida?" ¿Acaso nos hacemos estas preguntas? Las cosas que son prioritarias para cada uno en su parecer... ¿No deberían de serlo también en su vida? Pero vivir como pensamos que debemos hacerlo es lo más contrario a como deseamos hacerlo. Creemos, aquellos que nos planteamos, que vivir se tiene que hacer conforme a tales o cuales principios, unos que se confrontan directamente a nuestros deseos. Pero incluso nosotros, llenos de palabras grandilocuentes, seguimos haciéndolo todo como si no supiéramos lo poco que hemos descubierto.
»Si pretendo que para mí lo prioritario sea lo que veo como importante, como mis sentimientos, o mis creencias religiosas, o qué demonios sé yo... ¿Por qué, maldita sea, por qué vivo cómodamente en lo inevitable? ¿Por qué huyo siempre a este flotador que me salva del pensamiento, por qué acabo siempre en la masturbación obnubiladora que diluye lo importante en una nube de conformismo material? ¿Por qué no digo un día: "Qué diablos, voy a intentar descubrir qué es lo que pienso como prioritario en la vida y voy a intentar tomar decisiones en base a ello."? Nos resulta incómodo, entonces, pensar en cosas que nuestro cuerpo jamás necesita cubrir. ¿Será que las virtudes de lo importante signifiquen privaciones para la vida alegre, material, o para la vida práctica? No pretendo confundir términos, hay muchas cosas importantes que resultan cómodas para la vida, como el cariño mutuo o la confianza. ¿Pero que ocurre si a estas cómodas cositas las llevamos a su última frontera? ¿Qué ocurre con el cariño incondicional, con la confianza incondicional? ¿Nos dan tranquilidad y placer a nuestras vidas o realmente son cosas inmateriales por las que tengo que hacer un esfuerzo real y luchar conmigo mismo constantemente para contar con ellas? Quizá sea esto lo que más gracia me hace. Hablamos con una contundencia que pretende que, a ojos de los demás, nuestra integridad no conozca ningún tipo de fractura. ¿Pero qué ocurre cuando alguien lleva sus convicciones a la palestra y les da la importancia que se supone merecen? O mejor, la importancia que él* suponga que merecen: Los vemos como desequilibrados.
"Conozco tus hechos, que no eres ni frío ni caliente. Quisiera que fueras frío o, si no, caliente." (Apo. 3:15). Estamos rodeados de tibieza. Sabemos que es lo que está bien y que es lo que está mal, sabemos qué es lo importante en la vida. Sabemos, al menos, lo que pensamos que en nuestra vida es de absoluta prioridad frente a todo lo demás. Pero seguimos siendo tibios.
Son, definitivamente, las únicas cosas importantes cuando su presencia no es estacionaria, sino constante y arrolladora. Cuando cada noche me acuesto y eso está ahí, y cuando todas las mañanas me levanto y sigue estando ahí... ¿Entonces no se hace evidente que eso es lo único que merece?¿No se hace evidente que es de los sentimientos* de lo que me alimento y sigo viviendo, en vez de por el triste dinero? ¡Rápido, sí, enmascáralo como quieras!¡Sé feliz olvidándote de lo que realmente eres, dándole la espalda a tu esencia que tan infantil y vacua consideras ahora que has crecido y has comprendido que es algo que nunca podrás manejar como nave a tu antojo! Pero cuando el día de mañana comprendas que has perdido el tiempo (otra vez), tendrás que ser mucho más hábil para saber engañarte (¡otra vez!) y poder seguir viviendo esa acolchada y planificada vida de vacaciones en agosto y sexo los fines de semana (¿de nuevo?).
*Aquí vengo a referirme a ese 'alguien' que actúa con consecuencia.
*O ideales políticos, o fe, o lo que te sirva como ejemplo de algo mínimamente importante.