Lo irrelevante que se desvanece

Los que tenemos la triste fortuna, vivimos en la sociedad de consumo. Cuanto más tienes, más eres, a medida que más puedes abarcar, más necesario es enumerar, catalogar y coleccionar cada baratija social que se nos presente. Cuanto más vemos en los demás, más necesitamos para nosotros mismos, porque '¡Oh, mira que juvenil y guapa está Raquel con ese vestido, ojalá yo me viera tan lozana! ¡Quiero verme así, necesito que mi esposo me vea así!', y entonces esas necesidades se convierten en prioridades, ocupan nuestra mente vacía de nosotros mismos y nos transforman, de nuevo, en una desapasionada víctima de nuestra pusilanimidad. Pero afortunadamente tenemos dinero para convertir esas necesidades en algo pasajero, en algo que tan sólo durante un tiempo limitado nos afecte, y lo que era importante desaparece en una nube de humo para ser sustituida por unas maravillosas vacaciones, suscripción a esa interesante revista o una exclusiva invitación a un restaurante de moda. O todavía más común, más al alcance de cualquiera: Asistir religiosamente a la emisión diaria de tal novela, acudir con los colegas al bar de la esquina y tomar unas copas tranquilamente o disfrutar de Internet para estar al tanto de tus correos al momento*.

¡Basta! ¡Rompe la cadena del conformismo! ¿Pero realmente es posible que no te des cuenta que jamás conseguirá nadie tener todo lo que se le antoje? Mejor, mejor: ¿No te das cuenta que nada de esto vale absoluta y definitivamente nada? ¡Apaga el televisor! No... Quizá pongan algo entretenido. Quizá alguien tan imbécil como yo** venda su vida en cinco minutos de 'protagonismo' por treinta monedas de plata.

»O comenzamos a ver la vacuidad en todo esto o la cadena seguirá avanzando perpetuamente, afianzándonos a este suelo mugriento hasta el día que muramos, en el que si tenemos fortuna, toda esa triste fortuna, nos atenderá en exclusiva un prestigioso equipo médico que sabrá como hacer de nuestra muerte algo cómodo e indoloro. Quizá hasta podamos morir dormidos (esa dulcísima muerte), sin enterarnos de que dejamos todo por hacer.
*'¡Un empresario moderno como tú necesita estar puntualmente informado!' o 'Ahora eres para mí un neurótico empresario y dentro de diez minutos me vendrá muy bien que seduzcas a tu pareja con esta fragancia que sólo un borrego** como tú creería exclusiva'.
**Como tú, como yo, como todos nosotros. Aquí nadie se libra de ser un imbécil.